Sentido de la Comunicación

Discurso de agradecimiento de Mons. Ovidio Pérez Morales, arzobispo emérito de Los Teques, en el acto de conferimiento del Doctorado Honoris Causa en Comunicación Social por la Universidad Católica Cecilio Acosta

Mons. Ovidio Pérez Morales

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Mons. Ovidio Pérez Morales en Acto Solemne de conferimiento del Doctorado Honoris Causa UNICA

Lección patente de sobre la necesidad de dar gracias es la que el Señor  dio luego de haber curado a diez leprosos (Lc17, 11-19) ¿Dónde están los otros nueve? Fue la pregunta de Jesús al ver que sólo uno de los diez curados milagrosamente, y samaritano por cierto, había regresado para agradecerle su sanación. Pues bien, comparezco hoy ante esta audiencia académica para expresar mi honda gratitud por la honrosa distinción que la Universidad Católica Cecilio Acosta me hace, al otorgarme el Doctorado Honoris Causa en Comunicación Social, campo en el cual no soy  graduado o profesional, aunque sí  apasionado y obligado a tal menester. Y me resulta doblemente grato que esta honorificencia me la conceda una Universidad con la cual me unen muy hondos vínculos, por haber compartido con ella tanto responsabilidades institucionales y pastorales como también penas y alegrías existenciales.

Esta ocasión es propicia para elevar mi alabanza y gratitud a Dios Unitrino, y particularmente, entre todo lo que tengo que agradecerle, por tres  regalos muy concretos. El primero es mi apetito por la comunicación, que yo llamo mi “segunda vocación”; el segundo el ser contemporáneo de un cambio epocal, caracterizado por un gigantesco salto científico-cultural especialmente en lo informativo-comunicacional; el tercero el haberme obsequiado oportunidades para nadar en los medios.

En cuanto a lo primero, lo del apetito -podría llamarlo adicción-, he sentido siempre atractivo por la comunicación,  desde su formas en el actuar escénico  y la participación  en murales escolares, hasta el ejercicio comunicacional más formal en   prensa radio y televisión y, últimamente, en el contagioso quehacer de las redes. Tendría también tendría que incluir mi inclinación a la docencia y la elaboración de libros, así como al uso de modos cualesquiera de comunicar lo bueno y especialmente la “buena noticia”.

En cuanto a lo segundo, la contemporaneidad mutante, ¡qué no podría decir! Dios me ha concedido no sólo estar sino actuar en un cruce de siglos y milenios,  especial no principalmente  lo cronológico. Estas décadas  han sido, en efecto,  más que de cambios o aceleración de cambios, escenario  de un cambio epocal. Este término compuesto ha sido expresamente fabricado para expresar lo peculiar, inmenso y profundo de las transformaciones en curso.  Alvin Toffler lo denominó “tercera ola” –en la secuencia de las revoluciones agrícola e industrial- . Nos encontramos en  salto científico-tecnológico- cultural, cuyas manifestaciones más sorprendentes se tienen en los campos de la vida y  la comunicación; esa ola es objeto de diversas denominaciones (tecnotrónica y  sociedad de la información entre otras). Podría anecdotizar  mi “vivencia” comunicacional en este salto mencionando –en lo que a prensa se refiere- mi  participación  inicial en un tabloide artesanal, cuyas  letras se escogían con pinzas para colocarlas en un marco de madera, que iba luego a una impresora de antigua mecánica; después trabajé en un  periódico de linotipo y rotativa, y finalmente soy columnista en un diario, al cual envío mis artículos presionando una tecla del PC para verlos publicados en seguida en traje digital. Lamento que nuestros  adolescentes y jóvenes no hayan tenido el privilegio de experimentar las primeras etapas del salto, aunque muchas sorpresas les esperan en el ulterior desenvolvimiento de la presente  ola. Por el momento con todos los  con-vivientes en el ahora de la  globalización soy asiduo a telefonitos inteligentes poliservidores, tan útiles para muchas cosas y también para justificar  las pérdidas de tiempo.

Lo tercero se refiere a las oportunidades que Dios me ha concedido para  una labor comunicacional polifacética en diversos momentos  y escenarios. Puso en mi camino a mis quince años en San Cristóbal al Padre José León Rojas –posteriormente Obispo de Trujillo- Director de Diario Católico, quien me empujó a escribir en su periódico. Ya en Caracas adonde me trasladé para estudiar Preuniversitario, se me abrieron las puertas del diario copeyano El Gráfico, en donde comencé como corrector de pruebas en largos papeles con pegajosa tinta, junto a un compañero y amigo del Liceo Andrés Bello, Antonio Pasquali, y el futuro criminólogo Elio Gómez Grillo. En ese periódico político subí muy pronto  a redactor y –maravilla de esos tiempos- a editorialista. Llamado por la gracia divina al sacerdocio ministerial, siendo ya estudiante de Derecho en la Universal Central, fui enviado por el Arzobispo Coadjutor de Caracas Mons. Rafael Arias Blanco a estudiar en Roma; allí tuve la fortuna  de dirigir el periódico -Vita nostra- de los estudiantes  de la Universidad Gregoriana y de participar en algunos programas de Radio Vaticana. Al regreso de mi larga estadía romana retomé progresivamente una regular y variada actuación en los medios: fundador de algunos, colaborador en otros; locutor, columnista en periódicos y hasta entrevistador en televisión (Niños Cantores). A la UNICA le agradezco el haber editado varios volúmenes de artículos míos en El Nacional de Caracas. Terminaría recordando que durante varios años me tocó presidir el Departamento de Comunicación Social del Consejo Episcopal Latinoamericano; y que  ahora soy incurable tuitero, como muestra adicional de mi mediopatía.

La indulgente comprensión de ustedes no me perdonaría reducir mi discurso a un subliminal narcisismo autobiográfico. Es por ello por lo que quisiera ahora, de modo muy breve, distraer su atención comentando una frase del Concilio Plenario de Venezuela (CPV) en su documento La pastoral de los medios de comunicación social : “el sentido último de la comunicación es la comunión” (PMC 85).

Aunque el título del documento conciliar es restrictivo –se refiere a medios-, su contenido se abre en profundidad y comprehensión, hasta llegar a decir que Dios es “comunicación en sí mismo”; que su revelación es “autocomunicación al hombre, con carácter personal y en forma de diálogo”(PMC 75); que Cristo es el “comunicador de la buena nueva del amor del Padre y del Reino de Dios” (PMC 77) y que la misión de la Iglesia (evangelización, anuncio del Reino) es comunicación (cf. PMC 82). El CPV asume este término en su mejor sentido, como interrelación personal, como diálogo, superando las limitaciones o ambigüedades de otros conceptos vecinos (información, expresión…) y elevando lo comunicacional  hasta el nivel de lo divino. La definición de la persona humana como ser-para-la-comunicación cobra así máxima  importancia y hondura, al igual que plantea  exigencias de particular relieve. Pensemos, a título de ejemplo, en el reflejo que todo esto tiene en lo referente al derecho fundamental y generador  a la comunicación.

El documento del Concilio Plenario afirma la  comunión (correspondiente  al griego koinonía)   como el télos, fin,  de la comunicación. Esto implica que la relación interpersonal de comunicación alcanza en la comunión su perfeccionamiento entitativo, al explicitar ésta como horizonte y plenitud del dinamismo relacional que entraña la comunicación  (esta concepción se contrapone a la que, interpretando a Kant, asume Antonio Pasquali en sus profundos y valiosos 18 ensayos sobre comunicaciones, donde comunión implica una inherencia que sacrifica lo inter-personal).

En perspectiva teológica es clara y positiva la finalización comunional de la comunicación. En el Concilio Ecuménico Vaticano II la noción de Iglesia como signo e instrumento de la comunión -sentido del plan creador y salvador sobre la humanidad-, es algo central y fundamental. Y la comunión se entiende básica y generadoramente, como unión con Dios por Cristo en el Espíritu, es decir con Dios Trinidad, Amor. Es oportuno recordar aquí que comunión fue declarada por el Episcopado venezolano con miras al Concilio Plenario como la  línea o núcleo articulador, armonizante, del entero mensaje cristiano, tanto en lo teológico doctrinal como en lo pastoral práctico. Comunión se convierte así en respuesta a  las preguntas que sobre el ser y el deber ser se pueden formular respecto de las diversas realidades que considera la reflexión teológica, comenzando por la pregunta capital ¿Qué es Dios?, a la cual la Primera Carta de Juan da una respuesta acertada al definirlo como  amor, agápe (cf. 1 Jn 4, 8), que equivale a comunión.

Al expresar mi agradecimiento a la UNICA, comenzando por su Rector con su Consejo Universitario, formulo ante Dios Unitrino mis votos porque esta casa de estudios sea ad intra comunicación para la comunión y ad extra promotora de estos mismos valores en nuestro país, tan desafiado en la grave crisis que confronta, a ser casa común, polícroma y polifónica, de todos los venezolanos, superando fundamentalismos y exclusiones.

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