Si no nos atrae el cielo, nos puede tragar la tierra

el

Homilía de Mons. Ubaldo Santana Sequera
Arzobispo de Maracaibo y Canciller de la UNICA
Fiesta de la Ascensión del Señor
51 Jornadas de las Comunicaciones Sociales 
27 de mayo de 2017
Iglesia Padre Claret

SI NO NOS ATRAE EL CIELO, NOS PUEDE TRAGAR LA TIERRA

Mis queridos hermanos y hermanas,

Permítanme iniciar esta homilía hablándole de una mujer rusa, comunista y atea que se convirtió al cristianismo. Su nombre es Tatiana Goricheva. Fue la fundadora del primer movimiento feminista ruso, de cuya ala radical surgió la tenebrosa ideología del género. Recién convertida, desplegó una intensa actividad intelectual que provocó su encarcelamiento por las autoridades comunistas y su posterior expulsión del país. Escribió un libro testimonial, cuyo título en español “Hablar de Dios resulta peligroso”. He aquí algunos de sus testimonios:

“Hubo un tiempo en que por la tarde y por la noche, me mantenía en compañía de marginados y de gente de los estratos más bajos: ladrones, alienados y drogadictos. Esa atmósfera sucia me encantaba. Os emborrachábamos en bodegas y tabernas. Me invadió entonces una melancolía sin límites. Me atormentaban angustias incomprensibles y estaba volviéndome loca. Ya ni siquiera tenía ganas de seguir viviendo. ¡Cuántos de mis amigos de entonces han caído víctimas de ese vacío horroroso y se han suicidado! ¡Otros de han convertido en alcohólicos! Algunos están en instituciones para enajenados. Todo parecía indicar que no teníamos esperanza de vida alguna en la vida.

Cansada y desilusionada, realizaba ejercicios de yoga y repetía mantras. Conviene saber que, hasta ese instante, yo nunca había orado ni conocía realmente oración alguna. Pero el libro de yoga proponía como ejercicio una plegaria cristiana, en concreto, la oración del Padrenuestro. Empecé a repetirlo mentalmente, como un mantra, de un modo inexpresivo y automático. La dije unas seis veces. Entonces de repente, me sentí transformada por completo. Comprendí con todo mi ser que El existe. ¡El, el Dios vivo y personal, que me ama a mí y a todas las criaturas, que ha creado el mundo; que se hizo hombre por amor, ¡el Dios crucificado y resucitado! ¡Qué alegría y que luz esplendorosa brotó, entonces, en mi corazón! El mundo entero, cada piedra, cada arbusto, estaban inundados de una suave luminosidad. ¡El mundo se transformó para mí en el manto regio y pontifical del Señor!

En un Estado totalitario, la Iglesia se nos aparecía como la única isla limpia en la que realmente se podía vivir. Era la antítesis de cualquier ideología asesina y embrutecedora. Y el poder de la ideología es realmente absoluto en nuestro Estado. La Ideología corrompe la personalidad, mientras que en la Iglesia es la persona la que debe madurar hasta su plenitud (resaltado añadido por mi). La ideología vive como un parásito de los sentimientos y de la infelicidad de los hombres. En la Iglesia se da el trato afectivo y creador de las personas entre sí, hay una comunicación sin mentiras”. 

Cuando llegó a Austria, escribió: “En Rusia no era libre. La libertad es un don de Dios. Es una obligación. No un derecho. Si en Rusia teníamos que consumir al menos la mitad de nuestras energías vitales en superar miles de impedimentos que lleva consigo una forma absurda y difícil, como el ruido de las calles, el apretujamiento en las oficinas, las largas colas ante las tiendas de comestibles, la lucha por un puesto en los transportes públicos. La grosería y la agresividad generales, aquí en Viena esas dificultades no se daban. Pero había otras: el exceso de cosas hermosas, de cosas que a una la arrastran, si no está bastante orientada hacia el cielo. Si no estás bastante orientada hacia el cielo, aquí, la tierra te puede tragar para siempre”.

Recojo este testimonio de esta mujer atea convertida por dos grandes enseñanzas que tienen que ver con la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos.

La primera es su afirmación de “en la Iglesia cada persona cuenta y debe madurar hasta su plenitud”. Este es uno de los sentidos de la fiesta de hoy. Cuando Jesús asciende y se sienta a la derecha del Padre, no es solo su divinidad que vuelve a su casa. Es una persona divina que al hacerse hombre en el seno de la Virgen María se ha echado al hombro la humanidad entera y es con ella a cuestas, bajo la forma de una cruz, que vuelve a la casa del Padre.

Con Jesús la humanidad alcanza la plenitud de su verdadera y original condición. Aquella imagen y semejanza que el Creador quiso introducir en ella en el momento en que la plasmó de la arcilla de la tierra (Cf Gen 1,26).  Con Cristo el hombre ha recuperado nuevamente y para siempre su meta. Tenemos hacia dónde ir. No somos unos errantes peregrinos perdidos en el polvo de los espacios intergalácticos. Estamos llamados a entrar como Jesús en la comunión definitiva y amorosa de la Trinidad (Cf Jn 14,1-3).

Es lo que Cristo le dio a entender a sus apóstoles cuando les dijo en el evangelio que se acaba de proclamar: “Hagan discípulos y bautícenlos en el nombre, es decir en las personas, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Nuestra verdadera estatura y dignidad nos la consiguió Cristo Jesús, nos hizo partícipes de ella en el bautismo y es hacia ella que con todas las fuerzas de la esperanza debemos aspirar.

La fiesta de la Ascensión del Señor es la fiesta de la esperanza. Así inicia el Papa Benedicto VI su Encíclica sobre la Esperanza: “Se nos ofrece la salvación en el sentido de que nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar, si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esa meta, y si esa meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino”. Y prosigue más adelante:

“El mensaje cristiano no es solo una buena noticia, una comunicación de contenidos… No es solo informativo sino “performativo”. Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida (…). Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva.” (Spe Salvi 1). Eso fue lo que le paso a Tatiana Goricheva. Con la fe descubrió que había esperanza y que valía la pena vivir para Dios y para los hombres.

La otra enseñanza del testimonio de esta mujer convertida es su frase: “Si no estás bastante orientada hacia el cielo, aquí la tierra te puede tragar para siempre”. Es verdad. Tienen razón los ángeles que sacuden a los discípulos que se quedaron tiesos mirando a Jesús desaparecer entre las nubes, es decir entrar en la plenitud de la comunión con su Padre. Tenían que regresar a Jerusalén y disponerse a cumplir el gran mandato que les acababa de dar, colocándose en oración en torno a María para esperar el cumplimiento de la promesa.

Hay una gran tarea evangelizadora y misionera que realizar en esta tierra, pero la tenemos que realizar en el nombre de la Santísima Trinidad, que nos hala y nos atrae a todos irresistiblemente hacia ella como un imán atrae a cualquier pieza metálica. Trabajemos arduamente por hacer un mundo mejor, pero con el corazón ya puesto con Jesús en la casa del Padre del cielo. Así se lo dice San Pablo a los cristianos de la ciudad de Colosas: “Si han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Prefieran pues los bienes de arriba, no los de la tierra” (Col 3,1-2).

Entendamos bien el mensaje de esa mujer comunista feminista radical convertida: si no vives de esta manera, te puede tragar la tierra sea que vivas en un país comunista atosigante y despiadado como en un país capitalista materialista y secularizado.

Que el Señor ilumine pues nuestra mente para que, en esta fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos, comprendamos, tal como lo pide Pablo para los Colosenses, cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados, cuán gloriosa y rica la herencia que Dios quiere darnos y que es al servicio de esta comunión amorosa de los hombres entre sí con Dios trino que el Señor quiere desplegar la extraordinaria grandeza de su poder. Que Santa María de Fátima nos muestre el camino de la infinita y total confianza en el cumplimiento de esta promesa. Amén.

Maracaibo 28 de mayo de 2017
Fiesta de la Ascensión del Señor

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